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Los avances recientes en el tratamiento de los gliomas de bajo grado están reforzando un mensaje muy claro: la resonancia magnética (RM) no solo ayuda a detectar estos tumores, también marca el ritmo del seguimiento y la toma de decisiones clínicas. Así lo destacan especialistas de la Sociedad Española de Radiología Médica (SERAM), como la neurorradióloga Amaya Hilario (Hospital Universitario 12 de Octubre), al subrayar el papel de las técnicas de imagen avanzadas para diferenciar lesiones de alto y bajo grado y localizar zonas potencialmente más agresivas.
Los gliomas son los tumores primarios del sistema nervioso central más habituales en adultos. Su diagnóstico y manejo exigen un enfoque multidisciplinar donde encajan, como piezas de un puzle, la anatomía patológica, la biología molecular y la radiología.
En los últimos años, la clasificación de estos tumores se ha afinado combinando la información microscópica con datos genéticos. Esto permite una caracterización más precisa, con impacto directo en el pronóstico y en la estrategia terapéutica. En ese contexto, los gliomas de bajo grado, aunque suelen crecer lentamente, plantean un reto diagnóstico importante: su evolución puede ser sutil y sus cambios, fáciles de pasar por alto si no se emplean protocolos adecuados de imagen.
La clasificación de la OMS de 2021 divide los gliomas del adulto en tres grandes grupos: astrocitomas con mutación IDH, oligodendrogliomas y glioblastomas. Dentro de este marco, los gliomas de bajo grado destacan por:
Crecimiento más lento, en comparación con los de alto grado.
Mejor respuesta a tratamiento, en muchos casos.
Mejor pronóstico cuando existe mutación en IDH, un marcador asociado a mayor supervivencia.
Además, la llegada de terapias dirigidas, como los inhibidores de IDH (fármacos que actúan a nivel molecular sobre enzimas IDH mutantes), ha elevado todavía más la importancia de medir bien, desde el principio, cómo se comporta el tumor.
La resonancia magnética con contraste es la herramienta central para:
Diagnóstico inicial
Planificación quirúrgica
Control evolutivo (antes y después de tratamiento)
Y no se trata solo de “hacer una RM”. Las técnicas avanzadas aportan matices decisivos: ayudan a distinguir tumores de alto y bajo grado e identificar regiones con mayor agresividad, lo que resulta especialmente útil en el estudio prequirúrgico.
En el postoperatorio inmediato suele recomendarse una RM en las primeras 24 a 48 horas, con el objetivo de estimar el grado de resección tumoral (qué parte se ha podido extirpar).
A medio y largo plazo, el seguimiento se adapta al grado del tumor y a su perfil molecular. Para valorar la respuesta al tratamiento, se emplean criterios internacionales como RANO 2.0, que ayudan a unificar la evaluación y evitar interpretaciones “a ojo”, que en medicina suelen ser malas consejeras.
Uno de los mayores desafíos en la práctica clínica es diferenciar si un cambio en la imagen representa:
progresión tumoral, o
efectos del tratamiento (inflamación, cambios posquirúrgicos, alteraciones por radioterapia, etc.).
En este punto, técnicas cada vez más extendidas como la difusión y la perfusión aportan información funcional y hemodinámica que ayuda a resolver esa duda con mayor seguridad.
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